

Capítulo 1
“¡¿Será posible?! ¿Qué narices le pasa a esta mujer?”
No sabía en qué momento había sucedido, pero mi día se había convertido en un día de mierda. Y mira que me había levantado con ganas y había salido a correr antes de ir a trabajar… Pues nada: salgo de la ducha, desayuno en un visto y no visto, y de repente me encuentro con que mi querida moto ha decidido no arrancar. Precisamente aquél día. Precisamente aquél día que mi jefa había decidido quitarme el puesto en la cocina y mandarme a mí a hacer los recados. Y precisamente aquél día, que todo el mundo necesitaba el coche para ir a algún sitio en la otra punta del mundo, por lo que me tocó dar vueltas por la ciudad arriba y abajo apretujado entre un montón de gente para poder cumplir con aquél mi nuevo deber que quedaba totalmente fuera de mis competencias de cocinero.
Pero es que ahí no quedó la cosa. Quizá exageré en mi reacción, pero ¿por qué narices aquella mujer no dejaba de hablarme? Si es que le había dejado mi asiento para que se sentara, y ella lo rechazó sólo para poder seguir de pie a mi lado hablando y hablando y hablando y hablando y hablando. No tenía ni idea de lo que me estaba diciendo. ¡Si es que no escuché ni media palabra! Asentía por educación, pero lo mismo podría haber estado insultándome.
“Creo que me voy a bajar en la próxima parada, aunque tenga que andar media hora hasta llegar a la playa. ¿Y qué es tanto jaleo que se escucha en el otro vagón?”
****
—No estamos locos, que sabemos lo que queremos. Vive la vida…
No podía evitar mover la cabeza al ritmo de la música. “Anda. Ya se me ha pegado la canción. ¡Estos andaluces son la hostia!”. No entiendo cómo la gente podía resistir las ganas de cantar con ellos. Mira que puede ser agobiante ir en metro a esas horas, y más llevando la bici; pero se me tenía que pinchar la rueda. “Qué le vamos a hacer”. La verdad es que subirse al tren y encontrarse a un trío como aquél guitarra en mano y cantando le quita el mal humor a cualquiera en un santiamén; y encima aquella chica tan guapa se arrancó a bailar mientras hacía los coros. “Madre mía, sí que es guapa”. Los chicos que la muchacha tenía delante se estaban riendo, divertidos con la situación, siguiendo el ritmo aporreándose las piernas con las manos y cantando cada vez con más ganas. No pude evitar soltar una carcajada y empezar a cantar en voz alta con ellos. Me remangué las mangas de mi sudadera azul preferida y empecé a tocar las palmas. El trío de la guitarra se estaba animando al ver que la gente respondía. Uno de ellos me miró y me guiñó un ojo. El ritmo se me había metido ya por el cuerpo, y creo que sonreía con tantas ganas que si hubiera mantenido esa expresión mucho rato hasta me hubiera dolido la cara. La mujer mayor que tenía sentada delante me miraba riendo, moviendo la cabeza al ritmo de la notas que salían despedidas con fuerza de las cuerdas de la guitarra. “Como estos sean de los que pasan la gorra después, te juro que les doy dinero”, pensé. “Aunque sea un euro”. Iba a llegar tarde al trabajo, pero estaba valiendo la pena. “Me imagino que sobrevivirán unos minutos más sin mí”.
****
“Madre mía, qué pedazo de atasco. ¿Qué estará pasando ahí delante?”
Llegaba tarde, y me tocaba a mí abrir la galería. Sonreí al recordar las palabras de mi madre al salir de casa. “Dea, abrígate, que hace frío”. Apoyé los brazos en el volante moviendo la cabeza divertida, y miré hacia el cielo con los ojos cerrados, dejando que el sol me calentara el rostro. Me hacen gracia las predicciones meteorológicas de mi madre. Aciertan lo mismo que las de la tele. Abrí los ojos de nuevo y miré distraída hacia mi izquierda. “Dios mío, el chico de ese coche es guapísimo. Por Dios, qué ojos”.
¿Por qué tendré esa debilidad por los ojos azules?
“Ay, madre, ¡que me está mirando! ¡Con las pintas que llevo hoy!”. Intenté arreglarme el pelo con disimulo, hasta que la fila del chico se puso en marcha y el amor de mi vida se fue alejando de mí a paso de tortuga hacia una de las calles que se abrían a la izquierda. Suspiré y miré hacia adelante. Parecía que a mí también me tocaba moverme. Puse el coche en marcha mientras cambiaba de emisora. “¿Qué le pasa a esto hoy?”. Había más interferencias de lo normal. Ensimismada como estaba toqueteando la radio, no me di cuenta de que el coche de delante había parado y le di un toquecito con el parachoques. “Hostia”. La leve sacudida me hizo mirar hacia arriba, y vi cómo el conductor me hacía un gesto poco conciliador buscando mi mirada por el retrovisor.
“¡Lo siento, lo siento!”, gesticulé con los labios y con las manos. Me dispuse a salir del coche para ver si le había hecho algún destrozo cuando, al poner el pie en tierra, volví a sentir otra sacudida, algo más fuerte que la anterior. Y esta vez, no la había provocado yo.
****
— ¡Ya está! ¿Ves qué rápido?
Isaac entró en el coche a toda prisa con una bolsa de lo que parecían ser galletas de chocolate y batido de fresa. Los que nos seguían por detrás ya habían comenzado a pitar.
— ¡Joder! Desde luego la gente no se levanta con lo que se llama buen humor.
—Sí, tú ríete. Pero si fuera yo la que estuviera en el coche de atrás y veo que te largas en mitad del atasco, su mala hostia no sería nada comparada con la mía —le contesté entre risas.
— ¡No he desayunado! Y abrir en canal a los pobres desagraciados que me traen al laboratorio no es agradable con el estómago vacío.
—Ni lleno tampoco.
Los dos nos reímos, y yo saqué las galletas de la bolsa y me dispuse a abrirlas para comer una. Él ya me tendía la mano, cuando noté un leve temblor que provenía del exterior de nuestro vehículo.
— ¿Nos han dado por detrás? —pregunté mientras me giraba para mirar el elegante Mercedes de color negro que nos seguía en la fila. El conductor tenía cara de pocos amigos.
—No… —me contestó mientras sacaba una galleta del paquete que yo sostenía en mis manos y se la metía en la boca—. Uuuuh… terremoto —dijo riendo y haciendo un gesto con las manos queriendo asustarme. Miré a los coches vecinos para ver si alguien reaccionaba. Algunas caras de sorpresa y algo de confusión, pero nada más.
—Pues no sé si sería tan gracioso como lo pintas, ¿eh? —Le di un golpecito en el brazo con la mano—. Y menos si miras hacia arriba y te imaginas ese pedazo de puente moviéndose como si fuera gelatina. ¿Y si se cayera?
—Venga, Adri, ¡exagerada! —Como siempre, intentaba sacarme de quicio hablándome como si fuera una cría e intentando hacerme cosquillas—. Aquí no pasan esas cosas.
Otro temblor, más fuerte que el anterior, hizo que nos miráramos extrañados. Un sonoro golpe seco me hizo dar un respingo; me llevé la mano al pecho, como queriendo evitar que se me saliera el corazón por la boca del susto: una enorme pizarra con el menú del día había caído al suelo en la acera con esa segunda sacudida. Los clientes del bar sentados a las mesas de la terraza se levantaron asustados. Unos cuantos metros más adelante, y a una distancia lo bastante considerable para que no pudiéramos ver lo que pasaba, se empezó a escuchar un gran alboroto. Intenté agudizar la vista para ver qué pasaba, mientras mi novio, cachondeo ya aparte, bajaba del coche.
****
—Estoy en un atasco, y parece que… ¿Qué…? —el segundo temblor me hizo callar. Vi cómo el conductor del coche de delante abría la puerta y bajaba, seguido por la que imaginé era su novia desde el asiento del copiloto—. Ahora te llamo —y colgué.
Empecé a escuchar el jaleo que provenía desde la parte delantera de las dos filas de coches que ocupaban los dos carriles de la calle en la que me encontraba. Era una de las calles más amplias de la ciudad, dividida a lo largo por el cauce seco del río que atravesaba la provincia, y a lo ancho por la sombra del puente que se elevaba sobre nosotros, construido especialmente para la nueva línea de metro. En este distrito, el raíl no podía ser construido bajo tierra, por lo que había leído en los periódicos, de manera que recientemente habían terminado las obras del puente que permitía ampliar el recorrido de la Línea 5 a través de la superficie, sin perjudicar el tránsito terrenal de esta calle.
Tercer temblor. “Esto empieza a no gustarme”. Este sí que era fuerte. No cabía duda de que era un terremoto. La pareja de delante, que ya no era la única que estaba fuera de su vehículo, se miró con rostro preocupado, ambos con los brazos despegados del cuerpo tratando de mantener el equilibrio. Fueron sólo cinco segundos, pero el caos empezó a cundir entre los ocupantes de los automóviles. Algunos saltaban a la calle sin saber bien qué hacer; otros bajaban las ventanillas y asomaban la cabeza intentando averiguar qué es lo que estaba pasando; y otros optaban por mantenerse a resguardo. Yo no sabía tampoco cómo actuar, hasta que de nuevo la tierra empezó a temblar. Las ruedas de mi coche empezaron a resbalar hacia delante y hacia atrás; el pánico empezó a cundir entre la gente; la pareja que había salido de su coche ante él se agazapó al lado de su automóvil queriendo resguardarse de cualquier peligro inminente.
“¡¿Qué está pasando?!”
Las banderolas publicitarias que colgaban de las farolas a ambos lados de la calle comenzaron a desprenderse; los contenedores de basura comenzaron su andadura desplazándose por su cuenta hacia la carretera, desperdigando los desperdicios que sobresalían por sus bordes; la gente salía de los comercios a ambos lados de la gran avenida, sujetándose a los marcos de las puertas tal y como les habían enseñado en las películas. Miré hacia la izquierda, donde un grupo de chicas jóvenes cargadas con bolsas se abrazaban asustadas y medio en cuclillas en el medio de aquella bocacalle, una de las vías peatonales más concurridas del centro de la ciudad.
Delante de mí, pude ver cómo una pequeña grieta comenzaba a abrirse en el asfalto. Asustado, decidí salir del coche, y ya tenía la puerta medio abierta cuando una sombra fue tapando lentamente el sol que me bañaba la cara a través del parabrisas de mi Mercedes. El acto reflejo fue cubrirme la cabeza con los brazos, pensando que algo se me venía encima. Dos segundos después, levanté la vista hacia el cielo, y vi que la enorme sombra que ahora se interponía entre los rayos del sol y mi mirada era el tren que, entre los chirridos de esfuerzo de la maquinaria, frenaba su trayectoria quedando suspendido en el puente que se sacudía de manera sobrecogedora por encima de nuestras cabezas.