

Capítulo 2
Por suerte, fue ella la que se bajó en la siguiente parada. Le faltó abrazarme y darme dos besos como si nos conociéramos de toda la vida. Diez minutos más y podría salir de allí. No es que yo fuera el tío más borde del mundo, en serio. Es que no tenía un buen día, y lo que menos me apetecía era mantener las típicas conversaciones de besugo en las que se habla sin decir nada.
A todo esto, había tenido la oportunidad de descubrir a qué se debía tanto jolgorio en el vagón vecino, cuando un señor vestido de traje abrió la puerta desde su interior para entrar en el nuestro: un grupo de músicos, no me dio tiempo de ver cuántos, se habían liado a cantar y a tocar la guitarra. Sí que me dio tiempo de ver cómo un crío de sudadera azul se remangaba y empezaba a tocarles las palmas mientras cantaba a su vez. El tren dio una sacudida, y la puerta del vagón se cerró de golpe.
Me gustaba esa ciudad, y su gente. Inspiré hondo e intenté relajarme. “Venga, Ian. Tampoco es para tanto. Sólo es un día tonto”, me dije a mí mismo. De pie como estaba, me apoyé ligeramente en la barra metálica y cerré un momento los ojos, disfrutando de la luz del sol. Hasta en invierno, el tiempo era agradable allí. “Qué diferente es esto de Irlanda”. Desde que había llegado a España, había alucinado con el cambio. Sabía algo de español, lo suficiente para defenderme, pero me costó sobremanera acostumbrarme a la manera de hablar que tienen en esta región. Eso sí, en mi vida me hubiera imaginado una acogida de ese estilo. La gente era totalmente diferente de lo que había conocido hasta entonces: amables y escandalosos, extrovertidos como ellos solos, todo el mundo se había ofrecido a ayudarme en cualquier cosa que necesitara para sobrellevar mejor el cambio de vida.
El tren se revolvió en los raíles de manera más violenta que la anterior, y me devolvió a la realidad. Abrí los ojos y miré a mi alrededor. Los pasajeros se miraban unos a otros, sorprendidos. Los más paranoicos, me imaginé, eran los que tenían más pinta de haberse asustado. “Encima estamos llegando al puente nuevo. Esto en las películas sería un mal augurio”. Bromas aparte, tampoco a mí me parecía normal, y además me daba la sensación de que el tren estaba perdiendo velocidad.
“¿Habrá pasado algo?”
La gente a mi alrededor empezaba a murmurar. Acerqué la cara a la ventana del tren intentado ver algo que me indicara si llegábamos a alguna parada o si había algo que nos interrumpía el paso. El mío era el segundo vagón, así que sólo teníamos por delante el de los músicos de la guitarra; y aun así, no conseguí ver nada. Pero lo que vino después, sí que se salía completamente de la normalidad.
Justo cuando el vagón delantero comenzaba su entrada al puente ya casi parado del todo, el tren comenzó a temblar de manera exagerada para la velocidad que llevaba. Era totalmente evidente que la causa de ese estremecimiento del enorme gusano metálico en el que estábamos embutidos era totalmente ajena a nosotros. Lo que estaba agitando el transporte que aquella mañana nos llevaba a cada uno hacia nuestros destinos más o menos cotidianos debía de ser un terremoto.
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— ¡Cuidado!
El tren se había parado completamente, y la gente, asustada por ese segundo temblor, se había abalanzado hacia las puertas, pulsando enérgicamente los botones de apertura. Todos se habían apelotonado alrededor de las salidas del vagón, incluidos los músicos de la guitarra, y en su camino hacia la puerta, un tío enorme se había llevado por delante a la anciana que había pasado todo el trayecto sentada frente a mí. La mujer había caído al suelo con un grito ahogado, y con los nervios de punta por lo que se preveía como un terremoto, por raro que pareciera este fenómeno en la región, nadie parecía haberse percatado de ello. Así, mientras se producía la estampida lógica posterior a la apertura de las puertas, me abalancé hacia la mujer para ayudarla a levantarse.
Mientras la gente se apresuraba a salir y la anciana se deshacía en agradecimientos entre gemidos de evidente dolor, la tercera repetición del temblor hizo acto de presencia, con mucha más fuerza que la anterior. Mientras ayudaba a la mujer a bajar del tren, el puente sobre el que estábamos comenzó a temblar de manera horrible. Era un hueco estrecho, con una sola vía, que permitía el paso de un único tren a la vez, de manera que casi todo su espacio estaba ocupado por el mastodonte de hierro del que acababa de apearme.
— ¡Mierda, mi bici! —miré hacia el interior del tren y la vi tirada en el suelo, sola y desprotegida.
—Tranquilo, niño, ya puedo yo sola, muchas gracias por ayudarme —me dijo la señora mientras se agarraba al muro de piedra que separaba el puente del vacío.
Por encima de la barra de metal que coronaba el muro a lo largo de todo el puente, a modo de barandilla, pude observar lo que sucedía abajo en la carretera. La gente bajaba de los coches y salía de los comercios gritando, todos alborotados y asustados. Justo debajo de donde yo me encontraba pude ver a un grupo que señalaba con preocupación algo que se encontraba al otro lado, pero el tren, a mi espalda, me impedía dirigirme al muro contrario para descubrir de qué se trataba.
Me giré de nuevo hacia la anciana, pero la mujer ya estaba a medio camino de la salida del puente. No hay que subestimar a la gente mayor. Con el aumento de la intensidad del terremoto, las vías empezaron a chirriar de manera estremecedora, y una grieta comenzó a abrirse en el hormigón a dos metros de donde yo me encontraba. Las puertas del vagón contiguo se abrieron de repente, dejando salir a una muchedumbre que se abalanzó hacia el exterior como una avalancha de animales salvajes en la sabana africana. Por lo visto, no habían conseguido abrirlas antes, y a nadie se le había ocurrido la genial idea de salir por otro lado.
Me metí de nuevo en el tren para recoger mi bicicleta. Ya sé que en casos de emergencia lo principal es ponerse a salvo y dejar de lado las pertenencias, pero qué queréis que os diga; en ese momento la vi ahí tirada y abandonada y no pensé que fuera una estupidez volver a por ella. Lo fue, claro está.
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“La gente está loca”.
Decidí apartarme de las salidas y dejar que los demás se mataran entre ellos. ¿Qué necesidad hay de empeorar las cosas aplastándose unos a otros? Ninguna. Y encima, de tanto golpe, habían conseguido bloquear todas las puertas y ninguna abría. Pensé en salir por otro vagón, pero tal y como estaba el panorama a ambos lados de donde yo me encontraba, mejor quedarme clavadito y calladito en el sitio para no contagiarme del histerismo general.
Por fin la puerta se abrió, y como era de esperar, todos se abalanzaron como locos al exterior. Estoy seguro que alguno llegó a temer por su propia vida, al verse aplastado contra el muro que le separaba de caer desde treinta metros de altura sobre el capó de alguno de los coches en la carretera. Esperé a que saliera hasta el último pasajero, incluida una mujer de unos treinta y pocos años que llevaba una niña en brazos. Debía de tener unos cinco añitos, y me miró con unos grandes ojos verdes asustados que me conmovieron. Le sonreí intentado influirle confianza y tranquilidad, y la niña me devolvió un saludo tímido con la mano con la carita pegada al cuello de su madre, que ya había salido del tren y que no se había dado cuenta de este efímero intercambio amistoso.
Salté sobre el suelo de hormigón tras ellas. Miré a ambos lados. Todo el mundo había ido hacia la izquierda por motivos evidentes: les separaban muchos menos metros de tierra firme. Además, por lo que estaba viendo, bajo el vagón delantero que se encontraba a mi derecha se estaba abriendo una brecha que no tenía buena pinta. Otra repetición del temblor me obligó a agacharme y ponerme casi a cuatro patas sobre el suelo para no caer de bruces. El puente se estremeció de tal manera que pensaba que se iba a derrumbar en ese mismo momento. Bajo nosotros, en la carretera, la gente empezó a correr en dirección contraria, abandonando sus coches, temiendo que las miles de toneladas de piedra que formaban la recién construida estructura les cayeran encima.
Me levanté apoyándome en el muro, y casi me da un infarto cuando noté que el suelo comenzaba a resquebrajarse bajo mis pies. La brecha había empezado a abrirse camino en ramificaciones cual mapa de carreteras, seguramente ocupando todo el ancho del puente, y había llegado hasta el lugar donde yo me encontraba. Bloques de cemento comenzaron a caer de la parte inferior de la construcción, aplastando los coches que habían quedado abandonados, ante la imposibilidad de sacarlos de ese atasco. Evidentemente, mi primera reacción fue salir corriendo de allí como si mi vida dependiera de ello. Y es que dependía de ello. La gente que todavía quedaba abajo salió corriendo despavorida buscando refugio en los bares y tiendas que bordeaban la carretera, y pude ver cómo en el asfalto se comenzaban a reproducir grietas como la que ahora se hallaba bajo mis pies. Me dispuse a dar la vuelta para correr hacia sitio seguro, en dirección contraria al agujero en que presumía esa brecha se iba a convertir, cuando mi temor se convirtió en realidad.
Me abalancé sobre la barandilla y me agarré a ella, mientras el suelo comenzaba a desaparecer a dos metros de mí. El estruendo que provocaba el hormigón al llegar en tromba al suelo era espeluznante y terriblemente sobrecogedor. No me podía creer que eso estuviera pasando. Me parecía estar viviendo en una de esas películas de desastres naturales; si todo iba bien, ahora aparecería Spider-Man, o Iron Man, o Thor, o algunos de estos, y me sacaría de allí. Pero no. Ya decía yo que me tocaba sacarme las castañas del fuego a mí sólo, como siempre.
Agarrado todavía a la barandilla como si fuera mi más preciado tesoro en el mundo y quisieran arrebatármelo, comencé a caminar por el suelo que todavía quedaba bajo mis pies, y que amenazaba con hacerme sentir la adrenalina del Puenting sin cuerda. Y en esos momentos en que mi vida pendía de un hilo que ni siquiera existía, escuché una voz que pedía ayuda.
“Por favor, que sean imaginaciones mías… Por favor, que sean imaginaciones mías…Por favor, que sean imaginaciones mías…”
— ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE, POR FAVOR!
—Mierda.
No. No lo eran. Era una voz bien real. Me giré y vi al chico de la sudadera azul que hacía un rato tocaba las palmas agarrado como un desesperado a la puerta del vagón, que ya comenzaba a caer por la abertura del suelo, arrastrando el resto del tren tras él.